Por: Diógenes Armando Pino Ávila
De niño conocí una mujer maravillosa, toda paz y dulzura, que siendo
madre soltera y en su condición de cabeza de hogar tuvo la envergadura y
fortaleza para criar sus ocho hijos, los crio a pulso, con su trabajo de
hornear almojábanas y galletas. Esta mujer amaba su familia hasta el
sacrificio, nunca tuvo una queja por sus penurias, afrontaba la vida y sus
dificultades con la dignidad que sólo los escogidos muestran. De sus labios
solo escuche palabras de cariño y del amor más limpio y puro que pueda profesar
persona alguna, jamás oí de su boca malas palabras. Sus labios siempre lucían
radiantes mostrando una dulce sonrisa que desarmaba cualquier travesura
infantil.
